Algeciras – 12:39 hrs.
Bogotá – 06:39 hrs.
Un diario es, en teoría, el relato cotidiano de lo que una persona vive y decide dejar en papel por alguna razón. Cuando era niña tuve uno, pero en ese entonces no entendía bien qué significaba.
Ahora vuelvo a este ejercicio, aunque no sea todos los días. Tal vez escribir a diario le quitaría algo de magia. Prefiero usarlo como una ayuda en este extraño escape de tranquilidad que da el “no tener mucho que hacer”.
Desde los quince años, si no recuerdo mal, me he dedicado a trabajar. Y no solo en un trabajo cualquiera: he trabajado en mis estudios, en mi salud, en mi aspecto, en mi familia… en todo. Como todos los seres humanos, supongo.
Pero desde los diecisiete años empecé a trabajar para una compañía, con una rutina entre computadores, teléfonos, fotocopiadoras y correos. Esa rutina me dio una sensación de utilidad que no quiero perder. Siento que también la necesito para seguir cumpliendo sueños y ayudar a quienes amo a cumplir los suyos.
Mi vida ha sido, de alguna manera, un constante:
trabajar duro para lograrlo.
Trabajar me ha ayudado a estar donde estoy hoy. Tal vez por eso, después de tanto tiempo con algo fijo, la incertidumbre de buscar algo nuevo —y además en algo donde no tengo experiencia— ha hecho que mi cabeza se enrede un poco.
Sin embargo, gracias a Dios y a la vida, encuentro las palabras y la calma necesarias para organizarme y persistir sin desistir. Estar aquí, incluso en medio de muchas cosas, me ayuda a fortalecer la mente y ordenar todo, solo para no perderme.
Vivir los días oscuros, permitírmelos, me ha ayudado a salir de ellos más fuerte, aprender y continuar este bendito camino que, al final, me llevará a donde yo quiera llegar.