Hace algún tiempo, durante una de mis sesiones de terapia, hablaba sobre la vida que hubiese sido si. Esa vida que existe en las decisiones que no tomamos, como una especie de realidad paralela que imaginamos en silencio.
Guardaba nostalgia por esos caminos no elegidos. Pensamientos que aparecían de repente, sin aviso, y que por primera vez estaba diciendo en voz alta.
En medio de la sesión, mi terapeuta me dijo:
—Vamos desde el principio. Si tuvieras la oportunidad de escoger a tu mamá, a tu papá o a tu familia, ¿escogerías otra?
Mi respuesta fue un rotundo:
—No.
Siguió haciendo preguntas parecidas, y todas las respondí igual. No.
Entonces entendí algo: la vida que tengo, con todo lo que implica, también ha sido una decisión mía. Llámalo destino, llámalo plan del universo, llámalo Dios guiando los pasos, aunque a veces creamos que somos dueños absolutos de nuestras decisiones.
Estoy donde estoy gracias a la Karol de todas las etapas: la de todos los años, los aprendizajes, las caídas y las levantadas.
Durante mucho tiempo guardé una nostalgia constante, como si quisiera sabotear cualquier alegría. Había una voz interna que me decía que no la merecía, que debía buscar satisfacción desde un lugar más oscuro.
Con el tiempo he aprendido a reconocer esa voz y a enfrentarla. He aprendido a ser más mi amiga, mi confidente, mi fan número uno. A callar esos pensamientos y transformarlos en combustible para mi propia luz.
Ese día entendí que la vida que tengo es la que he escogido. Que no existe una vida paralela mejor. Que la nostalgia por lo que no fue no tiene nada de positivo.
Entendí que merezco ser feliz.
Que puedo ser mi propia superheroína.
Que mis fracasos son solo enseñanzas.
Y que ya no hay rastro de ninguna víctima en mí.
Todo esto me ha llevado a aceptar lo que vivo cada día, incluso cuando no me lo creo del todo. Siento que todo lo que he cultivado durante años empieza a dar frutos.
Ahora pienso que la vida se trata de eso:
cultivar momentos de felicidad, de tristeza, de impotencia y de gozo.
Regar la tierra de día y de noche, para después recoger frutos que a veces son amor, a veces luz, a veces sabiduría, incluso cuando no son tan positivos.
Esa sensación es como el viento tocando mi cara mientras miro el mar, o el canto de los pájaros en una mañana de primavera. Como el silencio de la montaña o los colores del otoño. Como la sonrisa de las personas que amo.
En todos esos momentos siento que Dios me habla.
Hay un cúmulo de gratitud en mi pecho. Gratitud hacia mí misma, por persistir tantos años a pesar de los temores. Por mantenerme firme y recibir hoy alegrías que me hacen llorar sin explicación. Lágrimas bonitas.
Gratitud hacia mi familia, hacia la gente cercana, hacia quienes me desean lo mejor incluso desde lejos. Toda esa energía me cobija y me sostiene en los momentos oscuros.
Gratitud con Dios, por permitirme vivir mi vida y abrirme paso hacia tiempos mejores.
No sé cómo describir este tiempo, pero sí sé que me renueva. Como si algo dentro de mí supiera que todo va a estar bien.
La persona que soy ahora tiene un potencial increíble. Ha corregido errores y quiere ser mejor cada día. Dar lo mejor, enseñar lo aprendido y recibir enseñanzas de quien pueda darlas.
Tal vez de eso se trata la vida:
de dar y recibir,
de sembrar, cultivar, regar y recoger,
y luego arar la tierra otra vez
para la siguiente cosecha.