Bitácora de una transformación
Yo siempre he sido consciente de mi capacidad de adaptación y de resiliencia.
Sin embargo, estos últimos meses me han hecho aún más consciente de ella: de mi capacidad para afrontar la tormenta y, en medio de ella —aunque a veces se complique— mantenerme firme y seguir caminando hacia adelante.
He aprendido que nunca retrocedo.
A veces me siento, lloro, dejo que el agua suba… y de un momento a otro me levanto, me limpio y continúo. Como si algo dentro de mí me recordara que estoy hecha de mucho más y que no puedo darme por vencida, cualquiera que sea la situación o la tormenta que esté enfrentando.
Si me siento a observar mi vida con atención, casi siempre ha habido alguna tormenta, alguna prueba, alguna situación en la que he tenido que construir una versión de mí misma aferrada a la resiliencia y al deseo de conseguir algo mejor.
A veces pienso que nunca había sufrido tantas cosas al mismo tiempo. Pero también reconozco que estoy hecha de muchos momentos decisivos en los que he tenido que detenerme, respirar y decidir hacia dónde quiero ir.
Y es entonces cuando la luz y la magia que siento dentro de mí aparecen con más fuerza. Me ayudan a encontrar soluciones. A veces cansada, con lágrimas de tristeza, con mucha pesadez… pero siempre encontrando soluciones.
Debo agradecer a Dios, a la vida, al amor de mi familia, a la confianza de mis amigos y de quienes me conocen y ven en mí una luz que a veces ni yo misma reconozco. Son ellos quienes me recuerdan esa fortaleza que me caracteriza y que hace que todos digan: “todo va a estar bien”. No como una frase vacía, sino como una verdad a la que se aferran y que me comparten para asegurarse de que yo también la crea.
Supongo que todas las tormentas que he vivido en estos 32 años me han dado la fuerza suficiente para enfrentar este momento de transformación con la seguridad de que puedo caminar bajo la lluvia, cantando, bailando, escribiendo, amando… y buscando la orilla que me permitirá descansar, mirar atrás, sonreír y agradecerme por haber atravesado una tormenta más.
Hoy reconozco que me he convertido en una mujer que busca soluciones, que aprende, que verifica, que mantiene la lógica incluso cuando la vida se vuelve burocrática. Una mujer que se levanta a sí misma, se da besitos y se invita a vivir, a sonreír y a aprender de lo que está atravesando.
Porque la vida sigue siendo mágica.
Y sé que en el momento menos esperado, una de todas las puertas que he estado tocando —o construyendo— se abrirá. Entonces entrará el sol y recompensará los días de frío y de incomodidad.
Cuando las voces de negatividad aparecen, las tomo de la mano, les quito la fuerza y, con esa misma resiliencia, las transformo en gasolina para el camino.
Estoy en un momento de transformación, y seré testigo en primera fila de mi propio cambio.
La vida seguirá siendo igual de bella.
Y en el futuro miraré hacia atrás, sonreiré y, si llega una nueva tormenta, me diré a mí misma:
“Karo, ¿te acuerdas de aquella época?
Si pudimos entonces… ¿cómo no vamos a poder ahora?”
Soy la voz que me recuerda que siempre se puede.
Y quiero ser ejemplo para quienes amo —y para quienes amaré— de cómo atravesar tormentas sonriendo y encontrando las oportunidades que ellas traen.