Bitácora de una transformación
El otro día escuché que, químicamente hablando, las lágrimas que tenemos por diferentes emociones permanecen en nuestra piel durante cierto tiempo dependiendo de la razón por la cual lloramos.
Por ejemplo, cuando las lágrimas son por tristeza o sufrimiento, suelen quedarse más tiempo sobre la piel para que las personas que están a nuestro alrededor puedan notar que algo sucede y acudan a nuestro apoyo, incluso sin que nosotros tengamos que pedir ayuda.
Últimamente las lágrimas que han salido de mis ojos no han tenido testigos.
Han sido lágrimas que se secan solas.
Lágrimas que no me limpio de la piel.
Caen y caen, y yo las dejo caer, como si estuvieran vaciando toda esa tristeza que cargo dentro.
Llegan en momentos en los que no lo espero. En el momento en que menos creo que voy a llorar, simplemente empiezan. Como si dentro de mí hubiese un sentimiento que todavía no logro nombrar, una mezcla de todo lo que estoy viviendo últimamente, de todas las emociones que atraviesan mi cuerpo, de los últimos días, de los últimos meses.
Me he encontrado llorando no necesariamente en un mal momento.
No ha sido por una discusión.
No ha sido por una decepción específica.
Estas lágrimas aparecen cuando estoy despertando, cuando estoy haciendo mercado, cuando me estoy acostando, cuando camino por vecindarios preciosos y suena una canción que me gusta.
Estas lágrimas me han encontrado en la preciosa cotidianidad.
Siento que mis lágrimas están intentando destapar lo que tengo guardado, lo que a veces intento disimular ante mí misma y ante el mundo que me considera fuerte, resiliente, como si mostrarlas me hiciera más débil.
Reconozco que en los últimos días he estado mucho más sentimental. Estoy atravesando un proceso emocional que no reconozco con facilidad. Y también reconozco que últimamente lloro con demasiada facilidad.
Y sé que, hasta hoy, ninguna de esas lágrimas ha sido de alegría.
Reconozco que estoy en un momento en el que pareciera que me estoy limpiando por dentro. Como si mis lágrimas estuvieran encontrando los lugares de mi mente y de mi corazón que necesitan ser sanados.
Algunas lágrimas no están de más.
Qué triste resulta reconocer que durante estos días de llanto no ha habido muchas lágrimas de alegría, de esperanza o de orgullo.
Solía creer que este proceso en el que estoy —todo esto del divorcio, la separación, la custodia de Loki, el proceso migratorio, la búsqueda de casa, las mudanzas constantes, la esperanza de encontrar estabilidad, la venta de mi ropa, la pérdida del empleo— no me estaba afectando tanto.
¿Pero a quién quiero engañar?
Por más terapia, fe y fortaleza que tenga, en estos últimos días he sentido el impacto de todo lo que ha pasado.
Pensaba arreglarlo todo uno a uno.
Pero con el tiempo se abre un problema más y luego otro más, cuando lo único que deseo es tranquilidad.
Claro que he aprendido de todo esto.
Muchas veces digo: “la mujer que voy a ser cuando todo esto termine…”.
Pero la verdad es que, sin temor a defraudarme o sentirme avergonzada, no sé en qué momento todo esto va a terminar.
Tengo claro que debo vivir un momento a la vez. Sé que todo se va a resolver. Sé que estas circunstancias, por extrañas que parezcan, también son oportunidades y bendiciones.
Mientras escribo y ordeno tantas ideas, quiero pensar que en medio de tantas lágrimas Dios me está mirando, que Él es quien las limpia, quien las recoge una a una y me susurra al oído que recuerde confiar y tener paciencia.
No veo el final de todo esto.
No sé quién seré cuando pase.
Pero sé que estoy siendo resiliente.
Sé que estoy siendo emocional y recursiva.
Sé que sigo buscando soluciones, tomando decisiones y soñando.
Sé que esta oscuridad también va a pasar.
La vida volverá a tener la calma que he estado intentando construir. Esta preocupación económica también se disipará y podré seguir ocupada en construir la vida que he estado imaginando durante los últimos meses.
Me estoy descargando.
Sigo llorando.
Y está bien.
Hago las paces con mis lágrimas.
Hace tiempo dejé de esconder mis sentimientos, incluso mi tristeza. Hablo de mis agobios, de mis preocupaciones y de mi melancolía.
Finalmente, soy una mujer llena de emociones.
Y cuando siento que la tristeza tuvo su momento y ya no está dentro de mi cuerpo, vuelvo a empezar.
Yo siempre vuelvo a empezar.
Me levanto y me recuerdo que confío en mí.
Que conozco mis capacidades.
Que me amo.
Que me curo.
Que me sano.
Sé que, si hay alguien capaz en el mundo, soy yo.
No es la primera vez que estoy abajo, así que ya sé cómo escalar.
Sé que tengo la capacidad de ser luz, de ver luz y de proyectar luz.
Sé que soy amor.
Sé que soy valiente.
Sé que confío en mí.
Confío en mi fe.
Confío en Dios.
Confío en sus tiempos.
Este agobio económico también se puede solucionar. No estoy sola. Voy a encontrar la manera.
Me doy tiempo.
Voy un día a la vez.
Y soluciono.
Porque yo, Karol Andrea García Torres, soy soluciones, emociones, inteligencia, amor y paciencia.
Yo puedo.
Me rescato, me saco del fondo, me abrazo y me recuerdo que lo voy a lograr.
Cualquiera que sea mi destino, lo voy a lograr.
Soy positivismo.
Y mis lágrimas me recuerdan que no siempre puedo con todo al mismo tiempo.
Pero una vez limpia, una vez desahogada, una vez que la tristeza se aleja, puedo con una cosa a la vez.
Todo se va a solucionar.
Soy paciente.
Soy capaz.
Y sé que pronto llegarán las lágrimas de alegría.