Mi terapeuta me dijo hoy:
“Karol, el amor no tiene fecha, no se mide en espacios ni conoce distancias.”
Y es cierto.
El amor es una energía que se transmite,
que atraviesa kilómetros
y nos alcanza en forma de abrazos, besos, sonrisas y caricias.
Es un apoyo incondicional sembrado desde el momento cero,
desde antes incluso de entender lo que significaba pertenecer.
Es una fuerza que acompaña nuestras decisiones,
que habita cada espacio de nuestro ser
y recarga cada célula cuando sentimos que no podemos más.
El amor que mi familia me ha brindado
me ha llevado a ser valiente.
A emprender.
A sentirme capaz.
A creerme vencedora.
A cumplir metas que alguna vez parecían demasiado grandes.
El amor de mi familia me sostiene en los días oscuros.
Me recarga en los días de poca energía.
Me ayuda a reconocerme en las batallas,
a sentirme orgullosa,
a amarme
y también a felicitarme.
El amor de mis amores
me ha ayudado a enfrentar mis miedos
y me ha dado la esencia de lo que necesito para aprender a ser feliz.
Gracias.
A mi familia, gracias.
Por el apoyo.
Por la presencia.
Por todo lo que nos damos
y tantas veces no decimos en voz alta.
Mi mayor bendición es mi familia.
La luz que proyecto al mundo
es apenas el reflejo del amor con el que ellos me enseñaron a vivir.
