El amor que soy.

Bitácora de una transformación

Hoy quiero escribir sobre el amor.

No sobre la migración, la búsqueda de trabajo o todas esas preocupaciones que han ocupado tanto espacio en mi cabeza durante los últimos meses. Curiosamente, siento que muchas de esas cosas están bajo control o, al menos, que estoy haciendo todo lo que está en mis manos para resolverlas.

Lo que hoy ocupa mis pensamientos es algo mucho más difícil de ordenar.

El amor.

O más bien, la sensación de estar cansada de recibirlo a medias.

Durante mucho tiempo me he menospreciado en muchos sentidos. He aceptado versiones incompletas del amor porque creía que eso era lo que había disponible. Recibir lo que el otro podía dar, aunque no fuera lo que yo necesitaba, se convirtió en una constante en varias de mis experiencias románticas.

Y es curioso, porque siempre he sido una mujer hecha de amor.

No me resulta fácil desconectar mis sentimientos de las circunstancias, de las personas o de las historias que comparto con ellas. Cuando quiero a alguien, lo hago con sinceridad. Lo hago con la esperanza de construir algo real.

Algunos amores me han acompañado durante largas etapas de mi vida. Han caminado de la mano conmigo durante años. Algunos se fueron. Otros desaparecieron sin despedirse. Y otros regresaron tiempo después para recordarme que el amor tiene muchos rostros y que no siempre llega para quedarse.

También han existido los amores imposibles.

Esos que viven en la memoria como una pregunta sin respuesta.

¿Qué habría pasado si…?

No sé exactamente cuándo un amor se vuelve imposible. Tal vez ocurre cuando una o ambas personas no encuentran la valentía para elegirlo una y otra vez. Tal vez sucede cuando la vida simplemente decide cerrar la puerta antes de que alguien tenga la oportunidad de cruzarla.

Lo único que sé es que he tenido algunos de esos amores viviendo silenciosamente en mis recuerdos.

Y luego estuvo mi último intento.

Lo entregué exactamente como soy: sin medias tintas.

Durante un tiempo me convencí de que había encontrado aquello que siempre había querido vivir. Pensé que, aunque nada fuera perfecto, había suficiente amor para construir algo verdadero.

Pero con el tiempo entendí algo que hoy parece evidente.

Las palabras, por sí solas, no sostienen nada.

Podría parecer una conclusión obvia. Después de todo, todos sabemos que las acciones pesan más que las palabras.

Sin embargo, cuando estamos enamorados a veces dejamos de verlo con claridad.

Yo misma dejé pasar muchas cosas. Excusé silencios. Justifiqué ausencias. Convertí palabras en promesas y promesas en realidades imaginarias. Quería creer que aquello que escuchaba estaba respaldado por la misma intención con la que yo amaba.

Porque sí, yo también me merezco una historia para toda la vida.

Creo en ellas.

Creo que el amor bien construido puede convertirse en una realidad y no únicamente en una ilusión bonita.

Pero mientras más justificaba ciertas acciones, más entendía que aquellas palabras estaban perdiendo el valor que yo misma les había otorgado.

Hasta que un día dejaron de significar algo.

Y entonces comprendí que las palabras más hermosas del mundo, cuando no están acompañadas de acciones, terminan convirtiéndose en ecos.

No porque sean falsas desde el principio.

Sino porque nunca encontraron dónde sostenerse.

Eso fue lo que más me enseñó esta experiencia.

No solamente sobre el amor de pareja, sino sobre todas las formas de amor que existen.

Aprendí que puedo reconocer y respetar que cada persona ama de manera diferente. Aprendí que no todos expresan cariño de la misma forma. Aprendí incluso que puedo adaptarme a ciertas diferencias.

Pero también aprendí algo igual de importante:

Yo me puedo adaptar a ese amor, por supuesto, pero esta vez sin permitir que reemplace mi manera de amar y de querer ser amada.

Porque mi forma de amar también merece un lugar.

También merece ser escuchada.

También merece existir.

Ahora evalúo las palabras de una manera distinta.

Cuando vienen acompañadas de acciones que demuestran compromiso, honestidad y presencia, se sienten seguras. Se sienten reales. No necesito justificarlas ni convencerme de que significan algo porque lo demuestran por sí mismas.

Y cuando no ocurre así, cuando las palabras llegan solas y mi corazón empieza a sentir que necesita volver a justificarlas, entonces reconozco la señal.

Sé que estoy entrando nuevamente en un lugar donde no quiero quedarme.

Por eso hablo.

Expongo mis sentimientos.

Pido cambios.

Lloro si es necesario.

Intento.

Insisto.

Amo.

Pero también sé que cuando dejo de hablar y reclamar, entonces ya no hay vuelta atrás.

No porque deje de sentir.

Sino porque ya he entendido que merezco algo diferente.

Sé lo que quiero.

Sé lo que busco.

Sé que no exagero al pedirlo.

Y sé que, aun con todas mis fallas e imperfecciones, soy una mujer merecedora de amor.

No de cualquier amor.

Sino de uno que tenga palabras y acciones caminando en la misma dirección.

Ese ha sido el aprendizaje.

Y hoy quería escribir precisamente sobre eso.

Sobre las acciones.

Sobre las palabras.

Sobre la forma en que aprendí a distinguir unas de otras.

Pero, sobre todo, quería escribir sobre el amor que doy.

Y, sobre todo, sobre el amor que soy.

Deja un comentario