Bitácora de una transformación
Hace unos días un tic en el ojo izquierdo me acompaña.
Está conmigo desde que me levanto hasta que vuelvo a acostarme.
Creo saber en qué momento llegó.
Creo saber qué discusión hizo que apareciera.
Y aunque algunas veces logra calmarse y “desaparecer”,
siempre encuentra la manera de volver.
Hay una parte de mí que le pide que se vaya, que me deje en paz.
Me estresa sentirlo ahí, palpitando.
Pero la verdad es que no puedo culparlo por haber llegado.
Otra parte de mi cuerpo debía empezar a protestar.
La espalda se cansó después de varios meses.
El pecho no se ha rendido, pero la presión viene y va de manera más controlada. Lo único que me preocupa es cuando no me deja respirar… aunque creo que ahora está más tranquilo.
Después de algunos exámenes médicos supe que no eran ni el corazón ni los pulmones, solamente ansiedad. Pero de ella hablaremos cuando la conozca mejor.
El estómago me ha dado tregua. Creo que, al encontrarme tan delgada, entendió que nos estaba haciendo demasiado daño.
Seamos razonables con el pobre tic del ojo izquierdo.
¿Cómo no va a aparecer si este cuerpo mío lleva siete meses en estado de sobrevivencia?
Siete meses en constante administración de crisis.
Podría hacer una lista interminable de todo lo que ha pasado, pero creo que, en lugar de convertir esto en una enumeración quejumbrosa, prefiero hablar de lo que he aprendido.
Quizá así el tic se siente escuchado y, al igual que sus otros compatriotas corporales, me deja tranquila y aprende a convivir con la supervivencia en la que se ha convertido mi cotidianidad.
He aprendido que alquilar una habitación debería ser más fácil, pero las personas no siempre cumplen con su palabra ni actúan tan de buena fe como parecen cuando ofrecen un negocio.
He aprendido que incluso cuando todo parece ir bien, todo debe quedar escrito y calculado minuciosamente.
He aprendido que muchas personas tienen demasiado dolor dentro de sí mismas. Que dicen palabras para lastimar, que disfrutan humillar y que creen que alzar la voz o mostrar agresividad les da poder sobre los demás.
He aprendido que el amor se transforma y que las personas pueden cambiar en un instante. Y que ese cambio es suyo, no mío. No me pertenece.
He aprendido que empacar maletas y mudarme cinco veces me hizo más práctica con lo que tengo, con lo que cargo conmigo, con la manera en que empaco y con la forma en que busco nuevos lugares para habitar.
He aprendido que muchas veces el ser humano pierde valor frente a grandes corporaciones que solo ven cifras y olvidan completamente a la persona detrás de ellas.
He aprendido que tener “casi nada” puede ser suficiente cuando se trata de tranquilidad, paz y calma.
He aprendido que no necesito estabilidad externa si confío en mi interior, en mis pensamientos, en mis metas y en mi intuición.
He aprendido que ser correcta puede doler. Que a veces las personas dirán: “debiste quedarte callada”. Pero ese dolor no le gana a la tranquilidad de haber honrado mi palabra y saber que puedo enfrentar huracanes y mareas porque aprendí a nadar en ellas en paz.
He aprendido que soy sentimental. Que lloro, me canso, me caigo y vuelvo a levantarme. Y que, como un pequeño rayo de sol divino, la razón siempre termina encontrándome.
He aprendido que caminar sana muchísimo. Y además ayuda a ahorrar dinero.
He aprendido que está bien querer cambiar de carrera. Que no tiene nada de malo intentar hacer crecer la artista que llevo dentro. He aprendido a presentarme y reconocerme como ESCRITORA.
He aprendido que está bien no saber exactamente qué hacer ni hacia dónde voy.
Que no necesito tener la vida resuelta.
Y que esa presión hace parte de un caos al que me niego volver.
Siete meses de administración del caos me han convertido casi en una experta en burocracia, legislación, ChatGPT y manejo del tiempo.
He cambiado mi discurso interno de sufrimiento y entendí que decir “estoy bien” también puede ser real, porque ahora agradezco desde la abundancia y no desde la carencia.
Pobre mi cuerpo. Y bendito el mismo que me sostiene y que, aunque a veces entra en huelga, siempre logra recuperarse después de una buena caminata, una buena llorada, una buena comida o una noche de películas, chucherías y absolutamente nada más.
Bendito tic que apareció después de esa conversación para recordarme que eso no me gustó.
Y que si quiero controlarlo, debo cambiarlo.
Debo trabajarlo.

admiración total! He sido seguidora a distancia de cada paso dado… te admiro mucho Karo
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sabes que siempre admiro todo lo que haces, me preocupa como te sientes y cómo lo sientes , el tic del ojo izquierdo simplemente está diciendo Ey calmada que todo tiene solución, menos la muerte, mi admiración por siempre y aquí está la ría anieg, felicidades por siempre
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que lindo escribes es total la realidad
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