Siete maletas de cien kilos

7 de marzo de 2023
Ámsterdam: 6:37 p. m.
Bogotá: 12:27 p. m.

Estamos en una época del mundo en la que la gente graba un montón de videos. De cosas, de todo y por todo.

Prácticamente hay videos para cualquier cosa: oscuros, graciosos, lindos, muy extraños —o así los veo yo—.

Obviamente, en algún momento todos caemos en ellos.

Y ahora que lo pienso, yo también estuve haciendo varios.

Pero vamos a ser sinceros: no soy muy buena para eso.

Finalmente, se necesitan ideas, creatividad y tiempo. Y aunque uso un montón mi celular, me da pereza hacer contenido.

Respeto a la gente que disfruta haciendo esas vainas. Aunque a mí me dé mamera y a veces me parezcan exageradas, finalmente es parte de lo que la sociedad impone.

En fin.

Terminé mi época de videos.

Yo soy más de letras.

Pero, en medio de esos videos, recuerdo especialmente aquellos que hablan sobre lo que significa migrar.

Y me parece sensacional descubrir cómo muchas de las personas que migramos compartimos sentimientos similares. Entre toda esa mezcla de emociones hay algunas que realmente te llegan y que aparecen una y otra vez.

Al día de hoy, llevo un año y cuatro meses fuera de mi país.

Yo he cambiado un montón.

Y ahora que lo pienso, mi familia, mi gente y mi país también han cambiado.

He visto, a través de videollamadas, cómo mis primos menores ya son más altos que yo.

He visto a mis abuelitas con más canas.

He visto la sonrisa de mi mamá a veces no aparecer y, de repente, regresar cuando ambas nos reímos.

He visto noticias de mi país.

He visto a mis amigos cambiar y a otros dejarme atrás.

Qué extraño todo lo que uno puede ver a través de una videollamada.

Hasta los gestos son diferentes.

He visto amigos irse del país y, mientras tanto, he pensado:

¿Cuándo nos vamos a volver a ver?

No lo sé.

Pero seguramente será en el momento perfecto y lo compartiremos todo al diez mil por ciento.

Porque, entre todos estos cambios, el amor perdura.

Y será ese amor el que vamos a disfrutar cuando volvamos a encontrarnos.

Migrar, independientemente de la razón por la que se haga, tiene su nostalgia, su emoción y su melancolía.

Para mí ha sido una experiencia enriquecedora, desde lo más bueno hasta lo más oscuro.

Definitivamente, no ha sido algo mágico.

Ha sido algo real.

No solo has empacado tu ropa en maletas.

Has empacado sueños.

Anhelos.

Planes.

Todos esperando poder cumplirse.

Y aunque la aerolínea acepte dos maletas de treinta kilos, tú llevas siete maletas de cien.

Todas sobre tus hombros.

Maletas que vas desempacando mientras vives, entre lágrimas, alegrías y primeras veces.

Primeras veces que, cada vez que puedes, terminan apareciendo en alguna conversación:

“En mi país es así.”

“Nosotros no tenemos esto.”

“Esto nunca lo había hecho.”

Migrar trae encuentros con lugares y personas, pero también con emociones que no sabías que podías sentir.

A mí, por ejemplo, me ha hecho pasar de:

“Extraño putamente y voy a comprar un tiquete ya mismo”

a:

“Tranquila. Todo va a estar bien.”

En menos de dos minutos.

Migrar me ha hecho sonreír.

Y me ha hecho llorar como un bebé.

Me ha hecho conocer la soledad.

Una soledad que desconocía, pero que me ha obligado a medirme, a descubrir cuánto puedo y de cuánto soy capaz.

Migrar me ha hecho reconciliarme con mis pedacitos rotos.

Me ha hecho ser más amiga de todas las versiones de mí que hicieron posible que llegara hasta aquí, a hacer este sueño realidad.

Migrar era un plan.

Un plan que sucedió como debía y que ha tenido un montón de cambios, pero que no ha perdido el objetivo que siempre estuvo ahí:

Ser mejor.

Por mí y para los míos.

Migrar me ha llevado a enfrentarme con mis lados más débiles para intentar convertirlos en los más fuertes.

A amarme.

Y aunque sé que no estoy sola, a recordarme que aquí también me tengo a mí misma.

Y que eso está bien.

Migrar me ha hecho apreciar más lo que vivo.

Sorprenderme por lo que pruebo.

Extrañar increíblemente lo que tenía.

Y aprender a vivir esa nostalgia desde la aceptación de estar construyendo una nueva vida.

Migrar ha sido muy real.

Y hasta ahora vamos empezando.

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