El 11 de noviembre de 2021, mi corazón se dividió en dos.
Y esas dos partes, a su vez, se convirtieron en pequeños pedazos: pedazos con imágenes de mi familia, momentos con mis amigos, mi comida favorita, los lugares que he conocido, los amores que encontré en el camino, las cosas que probé, los retos que pasé y mucho más.
Antes, la parte que quedó en Colombia estaba llena de nostalgia y tristeza. Era difícil de llevar. Muchas veces quise tirar la toalla, como decimos nosotros, solo por volver a mi llamada zona de confort, a todo lo que tengo allá.
Irónicamente, la misma razón que me motivaba a estar aquí era la que más me hacía querer volver.
Mientras tanto, el otro pedazo —el que traje conmigo a este nuevo comienzo en Europa— me ayudaba a mantenerme firme. Poco a poco, aprendí a ver el sentimiento de extrañar no desde la nostalgia, sino desde la seguridad de que cada viaje entre un lugar y otro estaría lleno de historias.
Historias para llevar a Colombia.
Historias para traer de vuelta a este lugar donde, día a día, construyo mi vida.
Mis dos partes ya no están divididas. He aprendido a unirlas. Y aunque no siempre estén en una balanza de cincuenta y cincuenta, juntas me sostienen al cien.
Soy la historia de lo que aprendí, viví y amo de mi país.
Y también la historia de lo que aprendo, vivo y amo en este país que me abrió las puertas.
El 11 de noviembre de 2021 no habría podido imaginar los cambios que vendrían después, ni en los meses siguientes, ni siquiera en los días posteriores a esa fecha. Tengo tantas historias y aprendizajes que ya no soy la misma persona.
Quienes han estado conmigo durante este tiempo lo saben. Y tal vez de eso se trata: de cambiar constantemente.
Me siento afortunada de reconocer el cambio en mí, de mirar versiones anteriores de quien fui y entender cómo he aprendido a manejar mis emociones y circunstancias. Y, sobre todo, de saber que voy a seguir cambiando.
Hoy, 11 de noviembre, conmemoro la fecha en que me lancé.
Setecientos treinta días.
El tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos.
He leído que la migración tiene etapas y que muchas veces se vive como un duelo. Yo no quiero verla solo así, pero tampoco como un sueño perfecto hecho realidad. Sería llevarla a extremos que no se merece.
Mi migración ha tenido momentos de duelo, momentos retadores, momentos felices. Ha sido un sueño batallado, sufrido, amado y llorado. Un sueño muy real, lejos de cualquier cuento de hadas.
La migración de Karol está llena de preguntas:
¿Qué quiere Karol de esta etapa?
¿De esta vida?
¿Cómo se ve dentro de algunos años?
¿Qué va a ser de ella?
No tengo respuestas absolutas.
Y he aprendido a permitirme descubrirlas día a día, con victorias internas o compartidas con las personas que amo: con ese pedazo de mi corazón que sigue en Colombia, y con este otro que ahora vive en Países Bajos.