Son las 15:43 en este lado de la tierra.
Tengo el placer de ver el cielo desde la ventana de un avión y una canción de Galé suena en mis audífonos.
Hay un verso específico que dice:
«que si yo estuviera allá donde están los que yo quiero, tendría lo que jamás podrá comprar el dinero… cuánto extraño mi tierra, vivo para regresar y encuentro esquiva la fecha.»
Sin pensarlo, las lágrimas se apoderaron de mí.
Estar lejos es muy verraco.
Es demasiado. Y más duro aún es saber que, incluso viviendo lo que soñaste, hace falta estar allá. A veces entro en discusiones conmigo misma por la inconformidad que siento: vivir lo que deseé y, al mismo tiempo, querer estar en otro lugar. Qué locura.
Quizá pasar un tiempo allá, visitar, ver a los míos, abrazarlos y acortar la distancia que las videollamadas no logran, me ayude a apaciguar esta sensación y a seguir con mis decisiones.
Por ahora, lo vivo.
Todos los migrantes tenemos historias y situaciones distintas. Yo he ido construyendo un camino y espero poder seguir haciéndolo, ajustándolo cuando no se sienta correcto.
Pero qué bendición será el día en que pueda tomarme un tinto en la cocina de mi abuelita y verla en las mañanas. Ver a mis primos cerca, riéndose de tonterías. A mi mamá acostarse a mi lado. A mi hermano llegar a casa. A mi hermana bailar como si nadie la viera. A mi papá contar chistes malos mientras se toma una cerveza. A mis tíos reunidos en la mesa. A mis tías llegando un domingo por la tarde.
Lo más duro de migrar es tener a la familia lejos.
La comida, los paisajes, los horarios, incluso algunas costumbres, se pueden manejar. Pero ese calor de hogar… lejos, eso es lo más difícil.
Estás construyendo una vida desde cero. Tienes la determinación de seguir adelante y, de repente, flaqueas ante la realidad de no tenerlos cerca. Y tienes que aceptar que, por ahora, eso es lo que hay.
Dios me permita verlos pronto.
Abrazarlos, tenerlos cerquita y compartir tiempo.
Más que nada, compartir tiempo con mi familia.
Llenar este vacío.