Hay fechas que se quedan plasmadas en la memoria. Fechas que marcan eventos importantes en nuestras vidas. Puede que no sean momentos famosos o extraordinarios para el mundo, pero para nosotros quedan clavados, y regresan cuando notamos que ha pasado un mes, un año o cualquier cantidad de tiempo desde que ocurrieron.
No sé cuántas fechas importantes guardes tú en la mente. Fechas felices o amargas, momentos que te cambiaron de alguna manera. No lo sé, porque incluso siendo una de las personas que más me conoce en el mundo, tu corazón sigue siendo un espacio lleno de pensamientos que no todos alcanzamos a ver.
Supongo que las vivencias de cada uno nos enseñan en quién confiar, a quién contarle los recuerdos de la niñez, las dudas de la adolescencia o los momentos de la adultez.
Yo llegué a tu vida cuando tenías 49 años, si no calculo mal. No sé si esa fecha sea relevante para ti, pero yo sí sé que desde que tengo memoria conozco la fecha de tu cumpleaños. Y sé que, cada vez que me pasa algo importante, eres la primera persona a la que quiero llamar.
Hoy, durante una de esas llamadas donde no necesito decir mucho porque tú lo sabes todo, dijiste sin titubear la fecha en la que salí del país. No sabía que la tenías guardada como yo.
Creo que, en silencio, ambas contamos los días para volver a vernos, para abrazarnos y contarnos cosas que no le decimos a nadie más. Como una especie de complicidad.
En la mayoría de mis recuerdos de niñez estás tú.
Agarrándome de la mano.
Comprándome maní dulce.
Llevándome contigo a donde fueras.
Llegando a casa después de una jornada larga de trabajo.
Cantando conmigo un vallenato del Binomio de Oro, mientras me miras, porque tú siempre me has mirado, abuelita.
En la mayoría de mis recuerdos de adolescencia también estás ahí.
Enseñándome a confiar en mí, a ser educada, ordenada y aseada.
Viendo conmigo novelas o programas de CSI.
Cocinando para toda la familia.
Cuidándonos a todos.
O discutiendo conmigo en alguno de mis momentos de rebeldía, hasta que al final entendía.
En la mayoría de mis recuerdos de adultez sigues ahí.
Ayudándome a imprimir hojas de vida.
Diciéndome: “ánimo, mija, a usted eso no le queda grande”.
Esperando a que llegue de la universidad para asegurarte de que coma algo.
Acompañándome en mi primer trabajo, y también cuando ya no quería estar más ahí.
Abrazándome en mi primer amor y en mi primer desamor, sin palabras, solo con ese consuelo que encuentro en tus brazos.
Y ahora, a no sé cuántos kilómetros de distancia, te veo, te reconozco, te escucho, y me consuelas como si estuviera a tu lado.
Sigues repitiéndome que puedo con todo.
Me recuerdas la valentía de mis pasos cuando se me olvida.
Y, como si supieras exactamente lo que necesito oír, me lo dices con una sonrisa y una bendición.
Ahora me llamas tu pequeño roble.
No sé si soy digna de ese nombre, como yo lo soy cuando te llamo así a ti:
mi abuelita, mi roble, mi consuelo en los días oscuros, mi amor bonito.
Espero seguir coleccionando fechas contigo.
Fechas para nosotras y por nosotras.
Nunca podré agradecerle lo suficiente a la vida que seas tú mi viejita linda.
Decir “te amo” se queda corto, pero es la forma más cercana que tengo de resumir lo que siento.
Pronto tendremos otra fecha para guardar:
la del regreso,
la del abrazo,
la del tiempo juntas.