Bitácora de una transformación
Acabo de recibir un e-mail.
Me han confirmado que mañana puedo ir a recoger las llaves de mi apartamento.
Hace unos meses, ese mensaje se veía tan irreal. Durante esas noches no creía en mí, no me hallaba a mí misma. No sonreía, y si lo hacía era falso. Me sobraban lágrimas, tristeza y preocupaciones.
Hace unos meses no me reconocía. No sabía quién era esa persona en el espejo. Aunque tuviera mis ojos, estaba perdida detrás de una mirada cansada, desolada, llena de cuestionamientos.
Perdí la cuenta de las noches en las que solo podía dormir después de llorar. Y también de aquellas en las que me despertaba de repente preguntándome:
¿Dónde estaba?
¿Cuál era esta nueva vida que no se sentía mía?
¿Cuándo apareció y cómo voy a afrontarla?
Hace unos meses le daba la razón a esas voces que me decían que era imposible lograr lo que hoy hago realidad.
Estaba vencida, y aun así seguía.
Me levantaba, trabajaba, comía, escribía, vivía.
Buscaba qué debía hacer, intentaba sonreír, buscaba caminos y abría puertas que pesaban, aunque no supiera qué había detrás. Me asomaba, como si un afán latente se adueñara de mí y de mis emociones.
No hubo un momento decisivo para detener la melancolía, el drama y la tristeza. Lo viví. Estuve negativa. Lloré, lloré demasiado. Y poco a poco lo fui manejando, dándole forma a mi vida, encontrándome nuevamente.
Sé que muchas veces lo hablé, lo canté y lo escribí.
No lo adorné con palabras bonitas. Fue un proceso cruel, y por lo mismo, transformador.
“La vida empieza muchas veces”, leí alguna vez.
Ahora lo tomo literal.
Mi vida ha empezado muchas veces. Y desde hace unos meses la estoy reconstruyendo. Hoy me detengo para agradecerme, para abrazarme y decirme, al oído y en voz alta, que estoy orgullosa de mí.
Me agradezco por no haberme quedado en esa oscuridad.
Me agradezco por haber encontrado luz dentro de mí y fuera de mí.
Luz en la gente que me abrazó, que me escuchó, que me consoló.
Luz en mis lágrimas, en mi valentía y en mis ganas de seguir adelante.
Luz en esos momentos en los que me ponía una mano en el pecho y, con voz temblorosa, me decía que me amaba.
No encuentro una explicación racional para lo que me hizo seguir, aunque sé que existe. Solo recuerdo que, al estar tan abajo, sentía que no me quedaba otra alternativa que subir.
Hoy estoy escribiendo desde un lugar mental, emocional y físico completamente distinto.
Recibir unas llaves, un apartamento, no es solo un espacio. No es solo lo que voy a hacer o cómo lo voy a decorar. Es un recordatorio de que sí puedo hacerlo.
Es un recordatorio de que merezco mucho.
De que estoy construyendo un hogar seguro, donde mi voz importa.
Un lugar de tranquilidad y felicidad.
Un nuevo espacio para seguir encontrándome
y para seguir construyendo la estabilidad que he estado buscando.