Migrar no es mágico

Cuando decidí migrar, tenía un montón de ilusiones en la cabeza. Imaginaba cómo sería mi vida en otro país, las cosas nuevas que iba a conocer, las oportunidades, los paisajes, las personas, los cambios.

Pero nunca pensé en todo lo que también iba a dejar atrás.

Migrar no es solo hacer una maleta de 23 o 31 kilos.
Migrar es empacar una vida entera en un peso que no se puede medir.

Es dejar la casa donde creciste, la cocina donde te tomabas el café, la cama donde dormías sin pensar demasiado en el mañana. Es dejar las calles que conoces de memoria, los olores de la comida, el sonido de la gente hablando en tu mismo tono.

Migrar es despedirse sin saber exactamente cuándo volverás.

Es abrazar a tu familia con la sensación de que ese abrazo se tiene que guardar para mucho tiempo. Es mirar a tus amigos a los ojos y no saber si el próximo encuentro será en meses, años o tal vez nunca en las mismas condiciones.

Migrar es llegar a un lugar donde todo funciona distinto:

  • el idioma,
  • el clima,
  • las costumbres,
  • los horarios,
  • las distancias,
  • las personas.

Es empezar desde cero, incluso cuando ya habías construido algo.

Migrar me ha hecho sonreír como nunca, pero también me ha hecho llorar como nunca. Me ha enseñado lo fuerte que puedo ser y, al mismo tiempo, lo frágil que me siento lejos de los míos.

Hay días en los que me siento orgullosa de lo que he logrado. Días en los que camino por la calle y pienso: lo estás haciendo, estás viviendo lo que soñaste.

Pero también hay días en los que lo único que quiero es volver a la cocina de mi abuela, escuchar a mi mamá llamarme desde el otro cuarto o reírme con mis hermanos sin tener que programar una videollamada.

Migrar no es algo mágico.
Migrar es algo real.

Tiene momentos hermosos, pero también momentos duros. Tiene logros, pero también silencios. Tiene paisajes nuevos, pero también una nostalgia que aparece sin avisar.

Migrar es aprender a vivir con dos mundos en el corazón:
uno donde naciste,
y otro donde estás intentando construir tu vida.

Y a veces, ese corazón pesa.
Pero también crece.

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