25 de enero de 2022

Bogotá: 3:35 p.m.
Algeciras: 9:35 p.m.

Llevo dos meses en Algeciras y creo que estoy atravesando una de las etapas de mayor adaptación de mi vida. He cambiado muchas de las cosas fijas que tenía en mi país y la vida se ha vuelto una locura, porque el presente que estoy viviendo es la respuesta a años de pedir un cambio.

Tal vez fui ingenua. Pensaba que ese cambio sería maravilloso y exitoso desde el principio. No ha sido así.

Ha sido un cambio difícil. El trabajo no ha sido lo más sencillo y, curiosamente, eso es lo que más me desconcierta. No sé muy bien cómo explicarlo, pero este proyecto en el que estoy embarcada puede ser una de las mayores respuestas que he encontrado: alejarme de los horarios de trabajo obligados, del estrés constante, de las llamadas interminables y de los bien conocidos “putazos” de clientes y jefes.

Estar en España ha sido toda una aventura.

En mis pensamientos más profundos aparecen ideas que antes parecían locas: trabajar para mí, trabajar por mi familia. No más jefes, no más esa sensación de vivir únicamente para una empresa.

Claro que trabajar en una compañía reconocida siempre ha sido una meta. Pero ¿qué pasa si en medio del camino esa meta cambia?
¿Qué pasa si un día despiertas y te preguntas:
¿qué hice durante siete años?

Salir de la zona de confort cuesta. Lo estoy comprobando. Pero al menos lo estoy viviendo.

Durante varios años me faltaron razones para escribir. Ahora, en cambio, estoy viviendo tantas cosas nuevas que no veo la hora de sentarme y empezar.

Hoy quiero retomar mi camino hacia la buena vida, hacia esa buena energía que siento como parte de mí. La veo reflejada en el amor de mi familia, en la confianza de mis amigos y en su apoyo incondicional en los momentos buenos, malos y peores.

Agradezco muchas cosas.

La bendición de Dios.
El amparo de una casa.
Comida en la mesa.
Salud para mí y para los seres más importantes de mi vida.

Agradezco la oportunidad de conocer personas y lugares nuevos, llenos de gestos generosos, de ese “nosotros te ayudamos”, de manos dispuestas a dar sin esperar nada a cambio.

Agradezco, agradezco, agradezco:

mis cinco sentidos,
mi capacidad de resiliencia,
mi creatividad,
mi risa,
mi energía,
mi inteligencia.

Todo aquello que me ayuda a encontrar una salida, a reconocer los momentos de dolor y a salir de ellos más fuerte.

Los cambios, las adversidades, los días grises, los “no” como respuesta, las decepciones y las tristezas no pueden ser más que un motor para recargarme y seguir adelante.

Estoy en otro país.
Vivo cerca del mar.
Conozco personas buenas.

Tengo comida, salud, un techo, ropa, zapatos.
Estudio.
Puedo trabajar.

A veces me divierto.
A veces me río.
A veces lloro.

Se me llena el pecho cuando veo a mi familia. Cuando abrazo a mis nuevos amigos.

Tengo un mundo nuevo por conocer, un mundo completo que todavía puedo llenar con mi luz.

¿Qué más puedo pedir?

Extraño a los míos, eso no va a cambiar. Pero ellos mismos me motivan todos los días. Saber que me esperan, y que yo los espero con los brazos abiertos, es una razón más para agradecer.

Tengo luz para llevar a cada proyecto, a cada persona, y para encenderla nuevamente donde haga falta.

Voy a estudiar.
Voy a trabajar.
Voy a aprender otro idioma.
Voy a conducir.
Voy a escribir.

Y mi vida —y la de mi familia y las personas que amo— tendrá un futuro maravilloso.

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