La Haya — 07:19 p.m. Bogotá — 01:19 p.m.
Cuando tenía 20 años, si mi memoria no me falla, me tatué un fénix en la pierna izquierda.
Lo hice en honor a mi abuelito.
A sus años de lucha contra el lupus.
A los días de sufrimiento…
y también a los días hermosos,
en los que, entre sonrisas, nos llenábamos la vida de ese aire puro que parecía prepararnos para lo que vendría.
Mi abuelito fue un fénix.
Y su representación la llevé a mi piel.
Pero incluso si no estuviera ahí,
la llevaría igual en el corazón y en el alma.
Siempre pensé en ese símbolo como una forma de entender lo que es sentirse desolado…
y aun así tener la fuerza para resurgir.
Para salir de la oscuridad,
levantar vuelo
y volver a llenar el mundo de colores.
Esa sensación de estar en el fondo…
la he sentido recientemente.
Hablando con mi terapeuta, entendí que ha estado presente durante toda esta nueva aventura.
Ha sido un camino con montañas empinadas,
pisos fangosos,
vistas hermosas
y ese cansancio que llega incluso después de una victoria.
Y tal vez la vida es eso.
Un constante ir y venir entre pequeñas y grandes victorias,
desaciertos,
sueños,
sonrisas,
subidas y bajadas.
Cada quien libra sus propias batallas.
Y, de una u otra forma,
siempre llega al final con algo ganado.
Cada uno lleva un fénix por dentro.
El mío…
ha estado en lo más hondo.
Pero hoy, con todos estos sentimientos —miedos, dudas, felicidad—
me permito aceptarlos.
Y anhelo verlo brillar,
con la mitad de los colores que mi abuelito me heredó.
Un fénix por cada batalla ganada.
O al menos una parte de él…
como forma de celebrar todo lo que logramos
cuando aceptamos,
cuando vivimos,
cuando amamos.