Bitácora de una transformación
Es increíble la manera en que cargamos preocupaciones, angustias y tristezas de las personas que amamos, con la esperanza de ayudarlas, de hacerlas sentir mejor.
Es increíble cómo la maleta se llena de cosas que no son nuestras.
Y aun así, las guardamos.
Como acumuladores emocionales, no desechamos nada.
No dejamos nada en el camino
porque cada peso nos recuerda algo,
a alguien,
alguna situación.
A mi Karito de trece años la liberé ayer de todas esas cargas.
Le dije que podía —y debía— ser una niña.
Y con ella, en el pasado, sanando, también me he perdonado.
He hecho más aliada a la Karito de veintiocho,
esa que está aprendiendo a soltarse,
a entender que para ser valiosa, valiente y suficiente
no necesita partir del sufrimiento
ni de la victimización.
Porque eso solo trae oscuridad.
Y eso no lo merecemos.
Lo que merecemos es ser felices.
Vivir desde el amor
y hacia el amor.
Escuchar sin cargarnos.
Acompañar sin hundirnos.
Entender que cada persona debe hacerse responsable de su propia historia, de su pasado y de sus heridas.
Y desde ahí, construir lo mejor posible el presente
y el futuro.
Durante este aprendizaje,
he pedido perdón muchas veces
a distintas versiones de mí misma.
Y desde que lo hago,
desde que intento enmendar y abrazarme distinto,
siento la espalda más recta,
el pecho menos triste
y la ansiedad muchísimo más tranquila.
Vamos por buen camino.
