El día que descansé de mí.

No todo el trabajo de una escritora ocurre frente a un teclado.

También se escribe cuando se vive.

En esos momentos en los que las ideas se desbordan y la vida empieza a parecer una película.

Las personas diferentes actores.

Y la cotidianidad, en historias que necesitan ser contadas.

Viví un experimento cargado de amor, de mucha luz, de contemplación, autoconocimiento y de una felicidad infinita.

Ha sido tan poderoso que no se limitó al momento, sino que se ha extendido a los días, las horas e incluso los minutos después de ello.

A cada célula de mi cuerpo y a cada rincón de mi memoria.

Hace algunos días pensé que, si la reencarnación existe, probablemente estuve o estaré en el cuerpo de un animal con alas.

No sé cuál específicamente.

Quizá algún ave.

O quizá una mariposa.

Aun no estoy segura, pero al verlas cruzar el cielo de un lado a otro, tan cerca, tan libres.

Sentí que eso fui, o quiero pensar que eso seré.

Las vi volar en cámara lenta,

tan llenas de vidas

y poderosas.

Seguras del camino que debían seguir. Las vueltas que debían dar y de alguna manera, sentí que bailaban al son del viento y sus corrientes.

Se comunicaban entre silbidos, o sonidos que me estremecían.

Pensaba que debía tener alguna lógica ese baile que estaba contemplando, y mientras intentaba recordar algo de lo aprendido al respecto.

Una voz en mi cabeza me preguntó ¿por qué quería saberlo?

¿Acaso no era mejor, solo contemplarlas?,

Rendirme ante la belleza de no encontrarle lógica.

No saber la razón de su manera de volar, de cambiar, y estar en paz con ello.

Todo estuvo tan conectado en ese momento.

Por algunos minutos, los otros sonidos se silenciaron.

Solamente estaba el sonido del mar en mis oídos, las olas rompiendo suavemente.

El viento silbando una melodía perfecta, a veces fuerte, y otras tenue.

Hubo alguna interrupción de los humanos siendo humanos, algunos gritos de alegría, cantos, bailes.

Y el sonido de mis amigos riendo y de mí riendo con ellos.

Como si en cada una de esas sonrisas y carcajadas la vida se curara un poco de la crueldad a la que, a veces, la condenamos.

Estuvimos acostados durante horas.

No hubo ningún afán, no teníamos una lista de pendientes, y cada uno era libre de quedarse acostado, caminar o nadar.

Sentimos.

Pertenecimos a un presente que era valioso precisamente porque no estaba ocurriendo nada extraordinario.

Vivimos lo que los italianos llaman la “dolce far niente” y tuvimos la sensatez de reconocerlo y agradecer que así estaba siendo.

Hablamos de todo y también de nada.

Nos escuchamos.

Entendimos los silencios que había en algunos temas. Y los suspiros que a veces acompañaban los mismos.

Vivimos sin afán.

Vi colores increíbles.

Todo tenía una intensidad mayor.

No la que ahora nos venden en películas o videos cortos.

Los matices eran perfectos, y la luz los decoraban con el poder del sol de un día en pleno verano.

Cada ola se volvía morada.

Tenue cuando se alejaba y fuerte cuando se encontraba con la orilla de la arena.

Arena de piedras verdes, naranjas, blancas, cafés, con patrones y lisas.

El cielo parecía más claro.

El azul lograba un degradé perfecto, ayudando a que el cielo se mezclara con el mar, se sentía aún más infinito.

Las nubes aparecieron y algunas formas, me hacían recordar a los días de mi niñez cuando trataba de adivinar a que se parecían.

Una mariquita marrón con pecas negras me hizo compañía durante unos segundos, caminó sobre mi brazo derecho anunciando el comienzo de los días de buena suerte.

Las pequeñas dunas danzaban al ritmo de la puesta de sol.

Mi piel se movía al ritmo de la preciosa voz de Olivia Dean.

Y por algunos segundos tuve un concierto en mi cabeza, privado, a capela.

Mi cuerpo se rindió al placer de no esforzarse por verse diferente a lo que es.

No sintió vergüenza de mostrar su celulitis, sus estrías o la pequeña pancita que aparecía entre carcajadas y que no estaba posando para ninguna fotografía.

No pensé en poner el brazo de cierta manera para taparme.

Y la libertad también encontró a mis rizos.

Y el amor…

Hombre.

El amor que fui, sentí, experimenté, di y recibí se queda pequeño en cualquier intento de describirlo.

Días después encontré una palabra serbia: Merak.

La leí y sentí que alguien ya había escrito aquello que yo todavía estaba intentando comprender.

Todavía hoy sigue sintiéndose más poderoso que cualquier otro sentimiento que experimenté ese día.

O quizá esa sea la respuesta.

El amor lo fue todo.

Amor por vivir.

Por sentir.

Por ser.

Por escuchar.

Por reír.

Por pensar.

Por cantar.

Por romantizar.

Por contemplar.

Por sentirse profundamente feliz.

Felicidad.

Fuimos cinco personas viviendo.

Atreviéndonos.

Cuidándonos unos a otros.

Y eso, exactamente eso, fue suficiente para que cada uno habitara su propio mundo mientras permanecíamos profundamente conectados.

Todo el tiempo se resumió en sonreír con el alma y amar lo que estábamos viviendo.

Rendirnos a la simplicidad de existir.

Incluso ducharnos fue volver a sentirnos conectados con nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra alma y nuestro corazón.

No quiero escribir paso a paso lo que ocurrió.

Eso vive conmigo y con mis amigos.

Lo que realmente quiero expresar es el despertar de amor que experimenté en ese momento y cómo sigue habitando mi cuerpo y mi mente.

Quiero hablar de la relajación que es la vida.

De su simplicidad.

De su perfecta belleza inesperada.

Cinco personas.

La playa.

Amor.

Amistad.

Paz.

Música.

Cámaras.

Protector solar.

Unos bocatas.

Fruticas.

Y la completa disposición para gozar.

Para disfrutar.

Para ser.

Sin límites de tiempo.

Sin afanes.

Me voy a atrever a dejar una conclusión, aunque cualquier persona que este leyendo este texto puede tener una diferente.

«Nadie nos está mirando.

Nadie está observando tus movimientos.

Nadie está juzgando tu cuerpo.

Tu forma de vestir.

Cómo se ve tu pelo antes o después de salir del mar.

A nadie le parece absurdo que te rías hasta llorar.

Nadie se queda pensativo porque guardes silencio durante un rato.

Nadie está pendiente de las lágrimas que aparecen después de ver una mariquita.

A nadie le importa si cantas.

Si la arena despeina el peinado perfecto.

Si el mar te arrastra un poco hacia la orilla.

Nadie juzga si hoy no quieres correr.

O si caes en la tentación de llenarte las mejillas de chocolate.

Y eso es absolutamente perfecto.

Vive como si a nadie le importara.

Porque, en realidad, así es.

A nadie le importa más que a ti.

Haz la magia que quieras con tu vida.

Contempla las aves.

Escucha música con tus amigos.

Viaja.

Llénate de ellos.

Ríndete a la simplicidad de la vida.

Porque lo único que vale es el amor que cosechan mientras viven.

Vive sabiendo que, de verdad,

nadie está mirando.»

Ese día va a vivir entre mis recuerdos más bonitos.

Ese día contemplé.

Ese día descansé de mis pensamientos.

Y entendí algo que todavía hoy intento aprender una y otra vez.

No estaba descansando de la rutina.

Estaba descansando de mí.

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